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28.4.14

La Regla del OSO Idiota

 

Esta regla comienza con la “O” del oso. ¿Usted quiere algo? ¡Obténgalo! Obtenga lo que usted quiere, juéguese la vida para obtenerlo, corra el riesgo, comprométase con su deseo. ¿Qué busca? ¿El amor de ésa persona tan especial? ¿Esa casa tan soñada? ¿Ese trabajo?… ¡Vaya, salga a buscarlo y obténgalo!

En ocasiones uno puede darse cuenta que a veces es imposible obtener lo que quiere. Entonces, ¿qué dice la regla en segundo lugar? ¿No puede “obtener” lo que quiere? Y siguiendo con la “S”, la segunda letra del oso. Nos dice: ¡Sustitúyalo! Sustitúyalo por otra cosa – Esa persona “tan especial y única” no me quiere, pues bien, que lo quiera otra persona. – Esa otra tampoco me quiere; entonces busque un tercero. O bien, cómprese una mascota. ¿No? ¿Imposible sustituirla? No hay nadie como ésa persona. 

Entonces, ¿qué nos dice tercera regla? ¿No lo pudo Obtener? ¿No lo puede Sustituir? Y siguiendo con la “O”, la tercera letra del oso, que nos dice: ¡Olvídelo! ¿No? ¿Imposible olvidarlo? ¿Cómo que imposible? Entonces, si no lo puede OBTENER, si no consigue SUSTITUIRLO, si no quiere OLVIDARLO La Regla dice que usted es un idiota. Y es así, como queda constituida La regla del OSO Idiota

10.1.13

El Buscador

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador... Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que necesariamente sabe qué es lo que está buscando, es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda. 

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. El había aprendido a hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo; así dejó todo y partió. 

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó a lo lejos la ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores; la rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada, la pequeña portezuela de bronce invitaba a entrar. 

De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor. 

Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió sobre una de las piedras, aquella inscripción: Abdul Tareg. Vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días. 

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar. 

Miro a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla, decía: Yamir Kalib. Vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. 

Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una, empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares; un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que lo conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años. Embargado por un dolor terrible se sentó y lloro. 

El cuidador del cementerio, pasaba por ahí y se acercó. Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar. 
- No, ningún familiar - dijo el buscador 
- ¿qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio de chicos? 

El anciano se sonrió y dijo: 
- Puede usted serenarse. No hay tal maldición. 
- Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré... 
- Cuando un joven cumple 15 años sus padres le regalan una libreta, ¡como ésta que tengo aquí, colgado al cuello! 
- Y es tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anota en ella: a la izquierda, ¿qué fue lo disfrutado?, a la derecha, ¿cuánto tiempo duró el gozo? - Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media?... 
- Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana? - ¿Y el embarazo o el nacimiento de su primer hijo? ¿Y el casamiento de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? - ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿días?... 
- Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos intensamente, CADA MOMENTO. - Cuando alguien muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ESE es, para nosotros, el único y verdadero tiempo VIVIDO. 

Jorge Bucay


Voz: Jorge Bucay

13.5.12

Ilusión


Había una vez un campesino gordo y feo
que se había enamorado (¿cuándo no?)
de una princesa hermosa y rubia...
Un día, la princesa - vaya usted a saber por qué -
le dio un beso al feo y gordo campesino...
y mágicamente éste se transformó
en un esbelto y apuesto príncipe.
(por lo menos así lo veía ella...)
(Por lo menos… así se sentía él).


Jorge Bucay


Libro: Cuentos para pensar. 

Publicado en Cartas para Claudia, 1982


26.5.11

El Elefante Encadenado


Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante; que como mas tarde supe, era también el animal preferido por casi todos los niños.
Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... pero después de la actuación y hasta un poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo sujeto con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la suelo. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que un animal, capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente: ¿Qué lo sujeta? ¿Por qué no huye?
Cuando yo tenía cinco o seis años, todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Y entonces pregunté a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: - Si esta amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
La verdad es que no recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo olvide del misterio del elefante y la estaca... y solo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años descubrí (por suerte para mí), que alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida, desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó, tratando de soltarse. A pesar de todos sus esfuerzos, no lo consiguió. Porque aquella estaca; era realmente demasiado dura para él.
Imagine que el elefantito se dormía agotado y que al día siguiente volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que un día, un día terrible para su historia, el animal acepto su impotencia y se resignó a su destino. Ese elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree (pobre) que NO PUEDE.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió realmente poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. ¡Jamás... jamás... intentó volver a poner a prueba su fuerza!

Jorge Bucay

30.4.11

El Buscador


Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador... Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.Tampoco es alguien que necesariamente sabe qué es lo que está buscando, es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. El había aprendido a hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo; así dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó a lo lejos la ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras; la rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada, la pequeña portezuela de bronce invitaba a entrar.
De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor.
Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió sobre una de las piedras, aquella inscripción: Abdul Tareg. Vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.
Miro a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla, decía: Yamir Kalib. Vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas.
El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.
Una por una, empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares; un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que lo conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años
Embargado por un dolor terrible se sentó y se lloro.
El cuidador del cementerio, pasaba por ahí y se acercó. Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
- No, ningún familiar - dijo el buscador
- ¿qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio de chicos?
El anciano se sonrió y dijo:
- Puede usted serenarse. No hay tal maldición.
- Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré...
- Cuando un joven cumple 15 años sus padres le regalan una libreta, ¡como ésta que tengo aquí, colgado al cuello!
- Y es tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anota en ella: a la izquierda, ¿qué fue lo disfrutado?, a la derecha, ¿cuánto tiempo duró el gozo?
- Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? ...
- Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana?
- ¿Y el embarazo o el nacimiento de su primer hijo? ¿Y el casamiento de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?
- ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿días? ...
- Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos intensamente, cada momento.
- Cuando alguien muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ESE es, para nosotros, el único y verdadero tiempo VIVIDO.
 
Jorge Bucay
























27.2.11

La Tristeza y la Furia

En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...

Había una vez... un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre esta la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y mas rápidamente aun, salió del agua... Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...
Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza.

Jorge Bucay